Siguiendo el hilo del anterior artículo en el que desentrañábamos las medidas más “radicales” del Tea Party, nos centraremos en el presente artículo en otros temas que levantan ampollas por su incorrección política aun cuando muchos las pensamos en nuestra intimidad sin expresarlas en voz alta por temer caer en el ostracismo y la exclusión social, y acabar pareciendo un alma insensible, retrógrada, inhumana y reaccionaria.
Por cierto, la expresión “reaccionario” viene de los tiempos de la Revolución Francesa, de las clases que se oponían al nuevo orden y régimen por considerar nocivas sus medidas revolucionarias, como efectivamente se vio.
Sharron Angle, según nos cuenta la prensa progresista, mostró la mayor de las aberraciones al afirmar que el embarazo fruto de una relación de violación era una manifestación de un deseo divino. Y es que sólo los necios se quedan en la superficie de las cosas para arrojar a continuación toda clases de improperios a ritmo y pulso de la mayoría dominante.
Todo embarazo, implica una vida en su interior. Da igual que sea fruto de una experiencia traumática y terrible como es una violación. El hijo que crece en su seno es un ser distinto al progenitor, y por tanto debe ser cuidado y protegido. Y aquel terrible episodio para una persona puede dar algo maravilloso como es una vida humana. Se me objetará desde las filas progresistas que el hijo ahondará en el recuerdo de aquel episodio. No creo que a una mujer se le olvide tamaña experiencia, menos aún cuando media un aborto por medio, al ser pues dos -en lugar de uno- traumáticos sucesos. Desde la óptica cristiana y moral, la llegada al mundo de un nuevo ser es motivo de celebración, nunca de desdicha. Y para los creyentes puede haber algo positivo en medio de un desierto de desesperanza y rencor que desemboque en un oasis y vergel de vida y optimismo. Así deben entenderse las palabras de la ex-candidata; y al menos que se tache al catecismo cristiano de radical, se verá el enorme humanismo de la justificación de la a priori alarmante afirmación.
Judson Phillips considera nefasto que un miembro del Congreso sea de confesión musulmana. Por suerte la Constitución y la naturaleza americana no discrimina en razón de religión, raza o sexo. Y no cabría una medida así en los EEUU. Sin embargo debemos entender la visión que muchos musulmanes tienen de nuestra civilización y por tanto la retroalimentación que se produce. La destrucción desde dentro es una de sus tácticas, y por tanto este toque de atención debe ser puesto en voz alta, para prevenir desaforadas y desastrosas consecuencias. Romper una democracia y un régimen liberal desde dentro no es nuevo en la Historia, y la vigilancia ante ello es un deber de todo ciudadano que se preocupe por el bien común, por su Res publica. La frustración de la ciudadanía ante tantos intentos de dinamitar (literalmente) EEUU lleva al recelo y la desconfianza, más para los que se han caído del guindo al ver que el islam no es una religión que promueva la paz. Otra cosa es el uso individual que se pueda adaptar de la doctrina, y por tanto no lo condenaremos a excepción de cualquier agresión de responsabilidad individual (y no de género o de colectividad) en las conductas reprobables y asesinas. Quizá deberían preguntarse qué pueden hacer los musulmanes americanos y moderados del mundo entero por revertir esta visión. Y construir una mega-mezquita al lado del WTC no ayuda demasiado.
La inmigración ilegal es otro de los temas candentes. Aquellos que se rasgan las vestiduras ante la expulsión de los ilegales no dejan de ser unos hipócritas. De hecho el enunciado “ilegal” los deja al descubierto, pues aquello que no es conforme a las leyes conlleva una sanción, y esto es algo que todos suscribimos. Y una posible amnistía no es mala siempre que se hiciera de forma excepcional ante casos excepcionales; de lo contrario se estará dando un mensaje erróneo de que todos pueden colarse a pesar de lo que digan sus consecuentemente leyes en papel mojado. Además la ilegalidad lleva a la exclusión social y ésta a la delincuencia. De ahí que muchos opten por medidas de autodefensa (amparadas además en la Constitución) ante un posible incremento de la delincuencia.
Otros de lo epítetos son simple y llanamente falsos como la acusación de racista, común en la izquierda cuando no se comulga con sus postulados.
En cuanto a la acusaciones vertidas a Obama tildándolo de marxista-socialista, no hace falta adoptar ningún tipo de interpretación por una u otra parte que pueda llevar a error. Los números de la economía están ahí y desvelan su doctrina económica. Quizá el sueño de Obama no sea crear un paraíso socialista, pero sí una democracia recalcitrante y en decadencia al estilo europeo del que por suerte el Viejo Continente va despertando aunque lentamente. La estatalización de la vida económica y social sí es algo radical; algo que no es moderado porque posterga la libertad, y alza cualquier ámbito social a la discreción del Estado. Y sólo es necesario ver la naturaleza de los EEUU, para comprobar que lo que allí se ve socialismo imperdonable, en Europa se aplaude, algo que evidentemente choca a los medios a este lado del charco.
La última cuestión hace referencia al carácter que tiene EEUU como nación en su fundación. ¡Por supuesto que EEUU es una nación cristiana!, pero no es una nación teológica o declaradamente confesional. El cristianismo fue una constante que se tuvo presente en las deliberaciones de los Padres Fundadores en los albores del nacimiento de EEUU; y atendiendo a la letra del cristianismo de preservar la separación de la Iglesia del Estado fue algo que honró a los alumbradores de la nación al ceñirse a este principio. El sano laicismo de las instituciones choca con el que los dirigentes alérgicos al cristianismo desean imponer a la sociedad. No respetar y pisotear las creencias es algo inadmisible tanto desde el punto de vista de los Padres Fundadores como desde la sensatez que brinda la libertad de conciencia.
Después de todo esto debemos preguntarnos dónde está el radicalismo y la intransigencia. Y debemos ser valientes para afrontar las batallas dialécticas que nos obstaculicen, pues nos harán retroceder tanto que acabaremos reculando sobre nuestras ideas a fuer del silencio de la autoimpuesta mordaza, y acabaremos transigiendo y consistiendo al transmitir de generación en generación tópicos para los que en su día no batallamos.