La etiqueta “fascista” que tanto le gusta usar a la izquierda para denigrar a la derecha, nunca ha estado mejor utilizada que cuando señalamos al omnipresente Estado para definir el auge del intervencionismo estatal como gran ogro sobre la vida de los ciudadanos. Sin embargo, la acepción de fascismo en sentido literal abarca bastantes menos intromisiones que la que la socialdemocracia progresista y políticamente correcta instalada en las clases políticas actuales profesa. Cualquiera que eche un vistazo al régimen fascista por excelencia, el de Mussolini, podrá ver que las competencias y prerrogativas que se arroga el Estado actual están muy por encima de aquél. Lo peor sin embargo es que cuando un régimen se tilda acertadamente de totalitario lo que implica es que éste (encarnado en el Estado) interviene en los aspectos más pequeños de la vida cotidiana. Y lo peor es que debido al discurso buenista, la complicidad de los medios, y la opulencia material de las sociedades occidentales, sirven de anestesia en esta invasión silenciosa sin que pongamos el grito en el cielo.
Éste es el escenario que mejor describe lo que está pasando con las hiperregulaciones en todos los campos, y del que ni siquiera la sociedad norteamericana, libre por antonomasia, se libra. La nueva Ley de Seguridad Alimentaria (siempre un eslogan bonito y edulcorado que se erige por nuestro propio bien) pretende ampliar el ámbito de las intromisiones y regular lo que podemos comer con la excusa de los índices de aumento de la obesidad. Sus nuevas competencias pasan por prohibir determinados productos en los colegios, y alarmantemente más aún, poder acudir a los tribunales cuando una persona sea presuntamente discriminada por razón de su apariencia física. El caos que se puede organizar en los tribunales puede ser monumental si se da bombo a implementar acciones de este tipo.
Y es que la cuestión de la discriminación social, por dura que sea, no deja de ser el mejor acicate como forma de presión sobre los individuos con problemas personales de sobrepeso. Pues ésta es la que con mejor eficacia puede inducir al individuo para que tome medidas –o no- para atajar su “problema”. Sin embargo, este “problema” (pues lo será en función de los valores de cada uno) creado por las autoridades se debe ceñir única y exclusivamente a la decisión de cada uno. Cuando un individuo decide adelgazar él es quién se arma de motivación para la empresa de bajar de peso. Ninguna campaña gubernamental hará que su decisión se incline de un lado o de otro. Esto es constatable en las regulaciones que ya están en vigor en EEUU y que no han conseguido absolutamente nada. Nunca han estado los productos más etiquetados con sus cualidades calóricas y nutritivas y sin embargo el índice de personas obesas aumenta en todo Occidente.
Aún más. Ya hay muchos nutricionistas que ponen en duda seriamente la tradicional pirámide nutricional (los paralelismos con la cuestión del cambio climático son alarmantemente enormes), ésa que desde los cuatro vientos se proclama como la única y verdadera. Pues en verdad hay que rebuscar para encontrar posturas científicas disidentes con las predominantes.
En el futuro más inmediato los críos que no engordan –sorprendentemente, de ahí que se hayan estado cuestionando muchos dogmas alimenticios con los productos de bollería o desaconsejados nutricionalmente-, no podrán degustar su sabor ni disfrutar de la energía que les brinda. Una infancia sin dulces, borrando así algo que recordaremos con nostalgia perteneciente a otros tiempos cuando los chicos disfrutaban del sabor del chocolate y el azúcar.
Sin embargo la acción amenazadora y coaccionadora del Estado sigue implacable en su búsqueda de nuevas esferas de poder e influencia. La línea que separa su intromisión legítima sobre los ciudadanos, de la ilegítima hace tiempo que se diluyó y se traspasó. Las sociedades aplauden con orejas de burro todo este intervencionismo en base “a nuestro bien” y las regulaciones pueden llegar a ser realmente asfixiantes en su búsqueda y molde de un ciudadano a su imagen y semejanza, por fuera y por dentro tal como querían los nazis y los comunistas. La ingeniería social no ha terminado, sólo que ha cambiado de disfraz y se ha adecuado a los nuevos tiempos. Y es que es más que evidente que el Estado siempre que se ha propuesto su función redentora de la humanidad (sustituyendo a la interacción social libre, así como a sus creencias divinas) creyéndose un dios y jugando a él, los problemas han aumentado. La nueva dictadura totalitaria se llama hiperregulación. Y la disminución de la libertad nunca ha redundado en beneficio del ser humano.
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