La lista de argumentos que esgrimen los defensores de la legalización, continúa la senda mecanicista, de supuestas causas-efectos como una función matemática, que además resultan ser falsas. Y se obvian los elementos humanos de semejante suicidio colectivo.
Uno de los argumentos más empleados es el que atañe al coste de la lucha contra las drogas y los grandes recursos destinados a ello. Dejando de lado citar cifras pues son fácilmente falseables y tendenciosas por uno u otro bando, es indudable que los costes mayores del Estado del Bienestar son los relativos al coste de la sanidad y la seguridad social (ámbitos laborales y de “protección social”), por tanto no compensaría por la reducción del combate que las fuerzas del Estado desempeñan.
Los apologistas claman contra el Plan Colombia y la Iniciativa Mérida en lenguaje similar a la izquierda en términos de expansión del imperialismo, confundiendo, intencionadamente o no, sus fines y objetivos.
Olvidan que porque la lucha contra una actividad criminal no dé los frutos deseados, ésta no debe cambiar de naturaleza para acabar con el problema. La lucha contra las drogas en el ámbito legal, policíaco, y militar, es un frente abierto contra la criminalidad que nunca se acabará. Siempre habrá gente que trafique con una u otra cosa, del mismo modo que siempre habrá asesinos y ladrones, y no por eso para acabar con el problema decidimos legalizar esas acciones. Y nunca las políticas laxas contra el crimen han resuelto sino que han reforzado a la criminalidad.
Es obvio que si cambiamos el estatus legal, la lucha en este campo cambiará al ser algo aceptable y tolerado social y legalmente, pero esto no es argumento plausible debido a su tautología. Se me objetará que no hay crimen porque la legalización supone una mayor cuota de libertad, pero es indudable, aludiendo a la concepción humana, que aquello que destroce nuestros cuerpos, mentes y relaciones sociales y en definitiva a la persona, no puede entrañar libertad.
La diferencia en la intencionalidad y la voluntariedad queda anulada por el efecto alterador de las drogas, y la línea entre obligar e inducir con un arma tan poderosa como la que procura la acción narcótica es débil, quedando a merced de la voluntariedad del Estado más que del individuo; un Estado que se ampararía en las supuestas virtudes positivistas y aparentemente verídicas cualidades de la causística mecánica: olvidar el componente humano es el primer paso al totalitarismo al desdeñar la dimensión del hombre, su familia y su entorno.
Este debate queda indudablemente ligado al del suicidio, y es que si efectivamente matar a una persona es un crimen, matarse uno mismo refleja el mismo comportamiento aniquilatorio aunque los libertarios exclamen que la diferencia fundamental es la intromisión en lo ajeno, lo cual refleja un individualismo atroz y que todo lo relativiza y lo cede al arbitrio de una capacidad mermada que no encuentra resortes morales cimentados, sino que hace de cada existencia un reseteado que no ofrece continuidad social.
Al margen de todo ello y volviendo al ámbito que más gusta a sus defensores, pocos se pondrán de acuerdo en los límites a establecer; algunos hablan de limitar el consumo de una determinada sustancia, o de regular ciertos establecimientos, así como edades, pero ¿siguiendo su traza argumental, ¿Por qué no una libertad de consumo total? ¿O sería una nueva tarea a añadir a las competencia legislativas de nuestros representantes?, ¿Dejaríamos esta esfera tan vital, en sus manos? ¿No crecería más el Estado?, ¿Qué impuestos se habrían de establecer para sufragar la sanidad? ¿O tampoco querríamos impuestos para sufragar el mayor coste sanitario? ¿Sería el todopoderoso Estado competidor de los cárteles ahora legales hasta que con su fuerza los aplastara para ocupar a renglón seguido sus funciones y actuación monopolística? ¿O creemos que la iniciativa privada de todo el proceso actuaría libremente sin injerencias estatales como en apariencia lo hace con el tabaco? ¿Dejaría de existir el mercado negro?…
Demasiados interrogantes de difícil solución cuando jugamos con algo que se nos puede escapara de las manos, y sobre todo irreversible, pues quitar al pueblo su opio sería imposible. Y es que no todo es “probémoslo, y si no funciona volvemos al estatus anterior”, pues algo que se emprende de ese calibre difícil tiene dar la vuelta.
Otros sólo quieren despenalizar el uso de cannabis para tratamiento médico mezclando en el debate el ámbito curativo, algo que ofrece una mayor solución: no estoy en contra del uso terapéutico siempre que esté llevado a cabo por médicos, pero entiendo la fácil deriva del uso lícito al ilícito y por tanto las precauciones a tomar deben ser emprendidas con rigor. Y de sobra queda refutado por el sentido común, la afirmación de la inocuidad del cannabis en contraposición al tabaco, pues el efecto multiplicador que se da, además de la nocividad intrínseca es algo demostrado excepto a los ojos de los que no quieren ver y que viven en la nube y la estela del movimiento hippie.
Y hablando de drogas legales, quizá no quedó del todo claro en el anterior artículo mi postura con respecto al tema del alcohol. No abogo por su ilegalización porque el alcohol puede consumirse a pequeñas y saludables dosis, además de formar parte del acervo cultural del hombre. La Ley Seca debe quedar como un experimento que no funcionó y que se hizo de buena intención. Y aunque es difícil imaginar hoy día a gente con escondidos alambiques, la producción del alcohol es tan natural que carece de sentido su prohibición aun cuando su resultado fuera quizá positivo en términos de salud pública. Pero así como condenamos el mecanicismo de los argumentos legalizantes también lo es la búsqueda de la salubridad social dejando de lado lo cotidiano y lo cercano en aras de un bien mayor sin importar las decisiones más básicas de la sociedad.
Por último recordar el nulo efecto disuasorio de las leyes para establecer el orden social cuando se combina con estupefacientes, y por tanto el amplio camino despejado a la vulnerabilidad de terceros, algo que desde luego nadie tolera.
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