Cuando todavía no se saben los escandalosos detalles relativos a la ingente cuantía que el Gobierno español ha pagado por la liberación de los secuestrados, el caso ofrece otro capítulo más del apaciguamiento como doctrina que realiza el Ejecutivo español, con rendición preventiva como dogma.
Ello también es reflejo (retroalimentándose) de la cobardía que parte del pueblo español profesa ante el yihadismo. Siendo aún más obsceno incluso festejar un episodio como éste que más que un punto final es un punto y seguido, y que por tanto gracias a acciones como éstas estamos seguros de su continuidad.
Todo secuestro a manos de terroristas persigue unos fines cuyo menor de ellos es la recompensa económica. Si ésta se da, mejor aún, pues consiguen una lucrativa financiación para seguir llevando a cabo sus actividades no sólo delictivas sino guerreras y propagandistas. Pues con las actuales cifras que se están manejando, que implican varios millones de euros, los terroristas además de haberse apuntado el tanto a su “causa” suman el punto económico.
Es inequívoco que esto no sólo traerá aún más secuestros al haberles recompensado sino que se puede generar otra perniciosa consecuencia. Así, cuando se produzca un nuevo secuestro de por ejemplo ciudadanos franceses, parte de la población exigirá que se dé una respuesta como la ofrecida por su homólogo español. De hecho el secuestro de ciudadanos franceses por aquellas tierras ya se ha dado y terminó de forma aparentemente nefasta para nuestros vecinos con el asesinato del ciudadano francés Germaneau. Y digo en apariencia, porque no haber cedido y haber intentado la vía militar para conseguir poner fin al secuestro, sin embargo demostró la firme voluntad de no ser extorsionado.
Sin embargo las acciones de firmeza suelen ser la excepción, siendo lo común la petición de rendición. Y es que en las actuales circunstancias da igual el futuro o la dignidad y estrategia de no ceder ante los chantajes terroristas. En las sociedades actuales suele primar el “aquí y ahora y luego ya veremos”. Es la decadencia de Occidente. Y su maestro y alumno más aventajado es España en un curso que se inauguró el 11-S y del que nos examinamos por desgracia el 11-M, cuando dimos un espectáculo de cobardía, por votar por el partido de la retirada y la rendición, ante un acto tan vil y asesino.
Dice Sánchez Dragó, en alusión a su queridísimo Japón, que hasta tal punto está allí extendida la responsabilidad que cuando el Gobierno nipón pagó por un rescate de sus cautivos conciudadanos, la vuelta de éstos a su país fue de todos menos una fiesta siendo recibidos con vergüenza propia y ajena por haber sufragado la población el coste de dicho rescate y que consecuentemente deberían devolver hasta el último yen. Qué duda cabe que con las cifras que se están manejando en torno al caso que nos ocupa, la cuantía se antoja imposible de amortizar para cualquier mortal de condición profesional normal. Pero sí deberíamos recibir con frialdad y no con júbilo la liberación, pues es toda la sociedad la que ha costeado su puesta en libertad, un coste que al parecer carecía de límite.
Y es que los cooperantes no fueron de turismo a un lugar cualquiera sino que conocían los riesgos que entrañaba la zona. Lo cual no quiero decir que ellos sean los responsables, pero como en los casos de corresponsales de guerra, no caben lamentarse y esparcir responsabilidades a por ejemplo un gobierno que se negara sistemáticamente a estos chantajes, por encuadrarse en una estrategia de calado a largo plazo constituyente de una doctrina de firmeza y rectitud de valores morales.
Pero de lo que sí son responsables los cooperantes es del compadreo que han tenido con los secuestradores como indica la foto y las investigaciones, sin que tenga nada que ver en ello el famoso “síndrome de Estocolmo”. Y es que a veces los estereotipos se cumplen (“filiación” política de las ONG) y no es difícil imaginar la justificación que privadamente den los liberados de las actuaciones de los terroristas.
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