Es común cargar las tintas contra las ideologías más mortíferas que han sembrado el campo de muertos en el siglo XX. Sin embargo muchos analistas, parcialmente acertados, han atribuido “su” carácter asesino a las personas que llevaron a cabo y ejecutaron dichas ideas (cosa del todo lógica). Al fin y al cabo Marx habría quedado como alguien que habría desarrollado un particular y desarrollado punto de vista en las relaciones sociales, económicas, dialécticas, e históricas. Su contribución al pensamiento podría haber sido positivo para el debate en todas estas áreas, de no haberse salido del campo puramente teórico.
Sin embargo, sus ideas se implementaron en la práctica de la mano de Lenin trayendo desastrosas consecuencias para la humanidad que aún hoy siguen coleando, no tanto por los regímenes que siguen parcialmente su praxis, sino porque su lenguaje ha cambiado nuestra forma de vida y los conflictos siguen latentes en la mente de muchos, por culpa de la adopción de esta retórica que respalda si no el marxismo puro, sí un aceptable grado de estatismo respaldado por la sociedad por culpa de la influencia cultural de Marx. La contaminación ha llegado tan lejos que sólo es necesario ver el corpus del ámbito académico de las universidades para ver el adoctrinamiento, y por tanto la nocividad instalada e institucionalizada, aún hoy, tras 20 años de la caída y derrumbe del ideario socialista, mutando y transformándose en multitud de movimientos de corte todos ellos estatistas.
Por contra, la ideología fascista es residual por más que desde la izquierda se vocifere y descalifique con este epíteto a todos aquellos que no comulgan con sus ideas más radicales. Y dentro del fascismo habría que diferenciar el grado tan distinto que tuvieron el régimen mussoliniano y el nazi, para darnos cuenta de que muchas de las ideas que se propugnan desde la izquierda se llevaron a la práctica en la Italia de Mussolini, y en muchos aspectos el nivel de injerencia en el individuo palidecía frente al sufrido hoy bajo una mal entendida modernidad.
Más allá de todo esto, lo nocivo de las ideologías es su carácter absolutista y totalmente integrador; fundamentalista como gusta de tachar hoy día a grupos que carecen de ello, como cristianos devotos y judíos ortodoxos, equiparándolos al fundamentalismo islámico. Pues debemos recordar que en puridad la ideología es excluyente, y por tanto en un sentido el liberalismo carece del rango de ideología.
Pero lo que hace que la ideología sea nefasta per se, a pesar de que la responsabilidad recaiga exclusivamente en la personas que la llevan a la práctica, es que ofrecen un marco en el que las personas pierden su humanidad. La interiorización del marxismo-leninismo o el nazismo trajo consigo el desprendimiento del carácter humanitario de las personas. Al formar parte esas ideas de nuestra conciencia, nos embrutecemos e infra-humanizamos a nuestros semejantes. Por eso la ideología no es sinónimo de vacuidad.
Es por tanto por lo que debemos estar alertas para que ese proceso por el cual adoptamos e interiorizamos y justificamos una idea, no incube y degenere en deshumanización. Y aunque no sea permisible prohibir un corpus ideológico debemos perseguirlo cuando hostigue en forma de apología y promueva, en consecuencia, la eliminación de nuestros semejantes, o enaltezcan a las personas que realizan tales acciones bajo el nombre de movimientos liberalizadores (terroristas) o revolucionarios por muy a priori inocuas e incluso bienintencionadas que parezcan sus metas, como suele hacerse en nombre de la mal llamada “justicia social”, para la “eliminación de la opresión de los pueblos del yugo capitalista”, no siendo sólo simples palabras que por desgracia nos suenan bastante, y todavía hoy se usan en muchas partes del mundo.