Con la visita de Ahmadineyad al Líbano para estrechar aún más los lazos con un Estado en el que la influencia iraní va ganando terreno a través de Hezbolá, un diputado israelí sacó el tema de la conveniencia de matar al dirigente iraní, si era factible, cuando se acercara a la frontera con Israel; y aunque sea políticamente incorrecto, el tema del magnicidio-tiranicidio está legitimado por la ley natural.
Otra cosa es si una acción así no sería contraproducente diplomáticamente, pues hasta las voces moderadas de Occidente lo condenarían y se justificarían a los ojos de radicales y moderados todas las acciones que se realizaran contra Israel aun cuando éstas abarcaran un amplio espectro en el que el terrorismo fuera una de ellas, pues la acción del magnicidio estaría enfocada como terrorismo de Estado (no siendo verdad) y en consecuencia se abriría la veda y el camino en todo el orbe al asedio y aislamiento de Israel, y aumentaría la legitimidad de los grupos terroristas centrados en el campo sionista. Se perdería, a vista de la mayoría, el rango de Estado de Derecho y por tanto el ya consagrado principio con el que muchos despachan el conflicto árabe-israelí, de “ojo por ojo”, alcanzaría nuevas fronteras. Lo cual no deja de ser, como siempre pasa con el Estado hebreo, todo un ejercicio de cinismo e hipocresía al juzgar con un rasero distinto a Israel (bien sea por antisemitismo bien por el aura palestino de pueblo oprimido por la maquinaría israelí y que por tanto los palestinos no les queda otra que recurrir al conflicto asimétrico del terrorismo) aun cuando a nosotros nos ha tocado luchar tras el 11-s con el yihadismo de alcance y metas mundiales; lo mismo que había padecido y padece el estado judío desde su creación.
Por el lado de la practicidad, acabar con Ahmadineyad no solucionaría nada, pues el régimen está controlado por el Consejo de los Ayatolás y de éstos depende el cariz que tome la política en un determinado momento, siendo más “moderado” como durante Jatamí o bien más duro e intransigente como sucede ahora, pero siempre todo dentro del rango radical de los ayatolás. Y aunque el divorcio sea patente entre sociedad y dirigentes por la creciente oposición de amplias capas de la sociedad iraní a sus dirigentes (algo que ha provocado alteraciones y fraudes electorales en favor del núcleo más duro), un ataque de esta envergadura desplazaría a los menos comprometidos al cambio. Además no debemos desdeñar el otro gran puntal de Irán: la cada vez más influyente Guardia Revolucionaria, cuerpo de elite pretoriana que está adquiriendo cada vez más poder, y que aunque depende del Consejo, su influencia se está extendiendo.
Cuando el diputado aludió a que la eliminación de Hitler podría haber evitado la Segunda Guerra Mundial no tuvo en cuenta sin embargo, al realizar la analogía, que el régimen nazi descansaba en la figura del fürherprinzip y que por tanto su extrapolación, a pesar de su buen análisis de que sin Hitler ( aun cuando la sociedad alemana estuviera ya cargada con peligrosas semillas en las que germinó y catalizó Hitler) no hubiera habido guerra, no se da en Irán como hemos visto.
El camino para acabar a largo plazo con el régimen teocrático pasa por su estrangulamiento financiero, y su aislamiento con efectivas y duras sanciones; con la destrucción por vía militar de sus instalaciones nucleares y con el apoyo activo y sin complejos a la disidencia iraní de carácter pro-occidental fruto de ser una sociedad relativamente moderna, educada y con un grado alto de civismo.
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