Nuevo caso de sonrojo para nuestro país por el periodístico y manido caso del fallecido corresponsal de guerra de Telecinco José Couso. Otra vez un juez estrella a lo Garzón, que va de hipócrita justiciero universal tratando de llevar al banquillo de los acusados a militares americanos (o israelíes cuando la actualidad se cuela oportunamente, que aún valen más para colgarse medallas progresistas).
Dejado de lado la imposible competencia de los tribunales españoles para montar el circo, con lo que se queda la gente, que se alarma escandalizada al asistir a estos espectáculos noticieros y noticiosos, es que unos malos malísimos americanos han matado a un indefenso periodista que sólo trataba de “informar”, cuando lo que hacen en realidad es ofrecer su particular parte de guerra. Sesgado es un adjetivo que se queda corto para nombrar lo que nos retransmiten por televisión, una suicida práctica que empezó con la guerra de Vietnam y que consiste básicamente en distorsionar la realidad, ignorar lo que significa una guerra, pedir tontas responsabilidades, y sobre todo mostrar vísceras y sufrimiento civil real o inflado para condenar a la maquinaria de guerra occidental, en aras del derrotismo y lo políticamente correcto que es pegarnos tiros en los pies nosotros solitos.
Que la justicia americana es bastante autosuficiente para investigar y condenar los posibles crímenes de guerra es algo que toda persona de buen juicio debe saber si conoce un poco aquél país. Y que en una guerra se producen los no eufemísticamente llamados daños colaterales, es algo que todos debemos asumir. Incluso aquellos compañeros de profesión que carroñeramente se frotan las manos con casos como éstos, saben a los que se exponen cuando llegan a un conflicto armado.
Y sin embargo no dudan en su particular cruzada, aunque para ello haya que inventar estúpidas conspiranoias y pseudo reportajes sobre revelaciones y descubrimientos que interesaba que no salieran a la luz siendo éste el móvil de su “asesinato”…
Estos daños se deben lamentar como un proceso inevitable en las guerras. Se podrán minimizar pero no eliminar totalmente. Si pretendiéramos que los costes fuesen cero, la guerra estaría perdida de antemano. Y es más, los ejércitos de las democracias son enormemente sensibles a las bajas civiles (no así los terroristas que lo usan como método predilecto), siendo éste uno de los mayores lastres para ganar estas guerras asimétricas. Un excesivo celo y complejo que debemos erradicar si no queremos ver cómo se pierden guerras vitales para Occidente. Pues en vez de honrar la memoria de los caídos como héroes, los vilipendiamos haciendo de ellos falsos y contraproducentes mártires, empezando por sus mismos compañeros y por la aborregada e hipnotizada audiencia televisiva que carece del más mínimo espíritu crítico y que se traga toda la parafernalia.