Si por algo se caracterizan las guerras en Afganistán (como lo fue la invasión soviética de 1979) es por la dureza debido a las condiciones montañosas y escarpadas, la falta de infraestructuras para traslado de tropas y la aridez del terreno. Es un lugar propicio para emboscadas que carece de centros logísticos atacables. Con tan poco que dañar táctica y estratégicamente, la guerra se hace muy cuesta arriba, más cuando a las anteriores dificultades se le añaden zancadillas políticas de Washington (por la falta de creencia en la victoria del presidente Obama) y Kabul (acomodo con los talibanes), descoordinación de la ISAF internacional, y la puntilla de todo ello la filtración de informes secretos de guerra, que pueden deteriorar las relaciones con Pakistán, país vital en el desenvolvimiento y desenlace de la guerra debido a su dualidad en la lucha contra el yihadismo, amén de una frontera extremadamente porosa.
Porque lo único que se consigue con estas publicaciones es alimentar el morbo por las bajas civiles que antes no se habían hecho públicas, y se descubren vulnerabilidades de las fuerzas occidentales de la coalición, poniendo en peligro las misiones y las tropas desplegadas. Flaco favor. Porque no nos engañemos, las víctimas de un conflicto armado sólo interesan cuando está de por medio la credibilidad de EEUU; y ni tan siquiera ahí consiguen despertar sentimientos de empatía hacia las pobres víctimas civiles, sino que lo único que alimentan es el odio hacia los EEUU y los ejércitos en general. Falso, peligroso y sobre todo político interés el que engendró el movimiento pacifista.
Es más, si una de las causas por las que esta guerra está teniendo tan pobres resultados es por el extremo cuidado con que las tropas de la coalición realizan sus incursiones. El uso de aviones tripulados y no de bombardeos indiscriminados da cuenta de ello, además de aborto de misiones por la supuesta presencia de “civiles”. Y cada caso de muerte de civiles es aireado grosera y morbosamente en la prensa para sonrojo de los cancilleres por culpa de una mal entendida naturaleza de la guerra. Paradojas de la postmodernidad la insensibilidad del hombre acomodado con sus seres más cercanos pero su vuelco en causas que apenas conoce, sólo por autovanagloria “solidaria” y de ayuda con los más desfavorecidos para alivio de su conciencia.
¡Adelante con la guerra y duro con el que pone en peligro a las tropas!. Pues es Afganistán y no un juego de niños. Deben morir personas inocentes para ganarse esta batalla. Es demasiado lo que nos jugamos en aquellas tierras para llegar a ser tan escrupulosos que perdamos la guerra por esta arma-trampa, la de los escudos humanos, que utilizan los yihadistas.
La alternativa son más muertes futuras, tiranía, terrorismo, santuarios criminales, y expansión de ideologías contaminantes.
Así es la naturaleza de la guerra, siendo su ejercicio cruel en su desarrollo realista, pero debe realizarse si no queremos lamentos mayores posteriores.
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