"La única cosa necesario para que triunfe el mal, es que la gente buena no haga nada". 

"Aquél que no cree en Dios, termina creyendo en cualquier cosa".

Edmund Burke (1729-1797). Político británico.

"El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente".

Lord Acton (1834-1902). Teólogo y ensayista.

sábado, 17 de julio de 2010

El Burka y la libertad: sus delgadas líneas

afghanburka

Una de las cuestiones más peliagudas al afrontar el islamismo en nuestras sociedades de acogida, es la condena o no del uso del burka, cuestión que no es fácil despachar por la injerencia que puede suponer por nuestra parte en la libertad personal.

Muchos podrán achacar que precisamente lo que se vulnera es la libertad con tan ignominiosa prenda, pero...¿podemos estar seguros de que o hasta qué punto dicha persona no lo acepta voluntariamente? Muchas mujeres que portan dicha prenda puede que acepten de buena gana esa discriminación que existe en la ley coránica. Es algo que no sabemos de antemano. Quizá la solución pasaría porque se admitiera a trámite la denuncia de cada particular (si se considera agraviada) en nuestras sociedades y por tanto poder actuar con nuestras leyes por vulnerar el marido la libertad de su esposa. Pero de ahí a erigirnos en salvadores de unas personas que quizá acepten más o menos esta prenda, podemos con ello precisamente vulnerar lo que tanto ansiamos proteger que es la libertad.  

Recientemente de viaje por Philadelphia me quedé sorprendido de la vasta comunidad islámica que ha arraigado allí entre la población negra. Es más, vi por vez primera esta horrorosa prenda en una mujer que llevaba un carro de un niño. Yo me quedé mirando, y quizá por paranoia noté que aquella persona se había percatado de eso... y pensé de inmediato hasta qué punto podría yo erigirme en algo que puede ir contra la voluntad de la portadora. Evidentemente si yo un día veo que alguien agrede a otro, ni siquiera me paro a pensar que no puedo entrometerme.

Cuestión que aceptamos con más normalidad es la concerniente al uso del velo por ser menos vejatorio y común. Aquí creo que la cosa todavía es más clara, y por nada me atrevería a condenar su uso. Contra las leyes que se puedan aprobar para recriminar tales prendas en uso público cabe apuntar que es en este espacio donde caben legítimamente. No así en un centro privado de enseñanza por ejemplo, como el último caso en la Comunidad de Madrid, quedando por tanto a la discreción del centro.  

Porque, ¿no estamos siendo un tanto hipócritas al permitir el uso de la religión islámica a pesar de no ser una religión moderada y liberal, pero sin embargo condenamos algunas de sus manifestaciones? Evidentemente los límites entre todas las acciones se encuentran cuando se transgrede la libertad personal, con lo que volvemos al punto de no saber si estas personas llevan con más o menos agrado o resignación el burka.  

Desde el punto de vista de los derechos y la dignidad de las personas y por tanto de la igualdad ante la ley a la que estamos acostumbrados en las sociedades libres,  estas manifestaciones, prácticas y costumbres cultural-religiosas chocan con nuestro esquema mental. Y en absoluto defiendo el pernicioso multiculturalismo que despacha el asunto con un cinismo increíble; pero tampoco estoy seguro de la voluntad que subyace tras esta prenda que simboliza la sumisión. La mejor forma de solucionar tan espinosa cuestión podría encontrarse, como he dicho más arriba, en la denuncia individual y las consiguientes protecciones y amparo del Estado de Derecho. Para ello haría falta un debate resolutivo por parte de las autoridades, y sin necesidad de crear nuevas leyes, anunciar que aquellas mujeres que noten que sus libertades se cercenan lo puedan denunciar. Evidentemente esto no solucionaría lo que consiguientemente ocurra con una muy posible algarabía islámica, aunque ésta no sería mayor que la que ya está suscitando las medidas que países como Suiza están implementando.  

La asimilación a nuestra cultura no sólo es algo desable sino imperativo que se cumpla, además de la adecuación a nuestras leyes. Pero no podemos erradicar sus costumbres por decreto; para ello hace falta un tiempo en el que las propias mujeres sean conscientes de esa humillación que vulnera su más básico derecho natural. Por más que no nos guste, forma parte de su acervo cultural-religioso. Necesario es que poco a poco se deshagan de ello, pero sin vulnerar su libertad. Cierto que se me puede objetar que hasta qué punto forma parte de la libertad el querer estar sometido, pero muchas de las facetas humanas se hallan en semejante condición de servilismo como el actual y legitimado sometimiento al Estado en aras del "bien común". Del equilibrio entre la prohibición o la permisividad total puede hallarse la solución más justa, ofreciendo la llave liberadora de su yugo, aunque este concepto les sea ajeno.

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