Una vez que ha pasado la algarabía por el Mundial de fútbol, parece que las aguas retornan a su cauce, y a demostrar que obviamente seguimos siendo el mismo país que antes de la cita futbolística, pese a que muchos hayan visto en ello un renacer de la nación española.
El orgullo del ser español sólo se ha manifestado en estos tiempos por los logros del deporte. Pero ello no implica que exista una verdadera Nación. Un sentimiento que esté sustentado en algo sustancial y no algo tan vacuo y efímero como los logros del deporte. Los griegos fueron los pioneros en esta faceta humana y no es precisamente por ello por lo que la Historia los recuerda. De la misma forma, los logros de España se rastrean a siglos pretéritos antes de que comenzara un declive cainita en forma de guerras civiles, la última de ellas de grandes dimensiones y que una parte de la población se empeña en reinterpretar y manipular con vistas a la implantación ideológica abriendo viejas heridas ya cicatrizadas.
Siendo tan profundas nuestras sombras históricas, que a pesar de aquellos logros de los Reyes Católicos y los Austrias, las diferencias regionales han estado presentes desde las épocas más remotas de España (considerada ésta, bien desde la romanización de la Península, bien desde la época visigoda, o desde los Reyes Católicos e incluso los Austrias).
Porque ya en tiempos presentes tenemos sólo una vaga idea de lo que es ser español, más allá de una lengua común (amén de las dispustas lingüísticas) y de una Historia a la que nadie se agarra, envenenada además por el mito de la Leyenda Negra que nos llena de complejos.
Sólo somos un país. Un Estado a punto de desgajarse. Y lo más importante, una efímera Nación. No puede ser de otra forma donde no hay un Credo común como en EEUU, el epítome de Nación. No lo puede haber en una país que no ama al prójimo, donde la envidia y la picaresca son el deporte "nacional", como dice Dragó, y donde unos quieren vivir a expensas de otros (circunstancia que se agrava aún más en épocas como ésta donde repunta la pobreza). Los partidos políticos, los sindicatos, etc, son muchas veces reflejo del sentir de un país. Sus instituciones no son ajenas tampoco y en todo ello hay una enfermedad que se prolonga en estado comatoso. Y no puede ser de otra forma donde los sentimientos individuales de muchos españoles y sus valores son el hedonismo, el nihilismo, y la cobardía como la mostrada en el 11-M pidiendo la sociedad española doblegarse ante el islamismo, nada que ver con aquellas gestas que expulsaron al invasor islámico o al francés.
Todo tan vacuo como lo es el deporte.
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